Semana de la Oración por la Unidad de los Cristianos

Sábado 26 de enero de 2013

Al menos una vez al año, muchos cristianos toman conciencia de la gran diversidad de formas de adorar a Dios, se conmueven y caen en la cuenta de que no es tan extraña la manera en que el prójimo rinde culto a Dios.

El acontecimiento que desencadena esta experiencia única se conoce como la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Congregaciones y parroquias de todo el mundo toman parte en la semana de oración, que se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero (en el hemisferio norte) y en torno a Pentecostés (en el hemisferio sur). Durante este período, se intercambian los púlpitos y se organizan oficios ecuménicos especiales.

Celebrada anualmente en enero entre las fiestas de la confesión de San Pedro y la de la conversión de San Pablo, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos es otra forma que tienen los cristianos de todo el mundo de acordarse unos de otros en la oración.

En Aljucer varios grupos parroquiales hemos tomado la iniciativa para dar un testimonio de unidad y de fraternidad durante la Eucaristía del sábado 26 de enero, presidida por don Patricio.

En la monición de entrada recordamos que la práctica fue introducida en 1908 por el padre Paul Wattson, fundador de una comunidad religiosa anglicana en New York que luego entró en la Iglesia católica. Esta iniciativa fue extendiéndose por todo el mundo, promoviendo la oración cristiana por la unidad.

También se insistió que esta espera por la unidad nos debe mantener alegres, preguntándonos constantemente que exige Dios de cada uno y sabiendo que en la Iglesia no sobra nadie.

Se terminó la celebración con una oración hecha por Chiara Lubich en el consejo ecuménico de las iglesias en 2002 en Ginebra (Suiza).

Jesús, estamos aquí (…) para pedirte ante todo una cosa grande ¡Señor!

Tú que has dicho: "Donde dos o más están reunidos en mi nombre [en mi amor], yo estoy en medio de ellos" (Mt 18,20), provoca en todos nosotros un gran respeto fraterno, una profunda escucha recíproca, enciende ese amor recíproco que permita, más aún, que merezca tu presencia espiritual en medio de nosotros. Porque, lo sabemos, Señor, sin ti no podemos hacer nada.

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